••Entrevista Revista D••

Cual fue la Razón de escribir Ruido de Fondo!

Escribí Ruido de fondo cuando enseñaba literatura a unos chicos de cuarto de bachillerato. La clase era después del receso, y yo aprovechaba esa hora para escribir relatos para mis alumnos. Si hubieran sabido lo que les estaba leyendo me hubieran despedido, pero a ellos les gustaba el tono, el sarcasmo. Lo más maravilloso fue que me preguntaran si era autobiográfico. Una vez me invitaron a la Universidad del Valle a hablar sobre el libro; entré al aula, todos estaban en silencio, y alguien atrás susurró: “¡Ah!, así es”.

¿Se identifica con lo posmoderno?

Totalmente, aunque ya estamos en la ultra modernidad. Para los chicos de ahora, Michael Jackson siempre fue blanco, pero yo vi la llegada del cable a mi colonia como la llegada del hielo a Macondo. Yo me enteré de la guerra por el cable, aunque siempre hubo alusiones a mi tío (Mario Payeras). Pertenezco a ese grupo de transición. La generación anterior estaba arraigada a Hombres de Maíz y, de repente, te cae en tus manos The naked lunch, de Burroughs, y uno piensa: “Me encanta, yo quisiera escribir así”.

¿No cree que a veces los escritores jóvenes están sobrevalorados?

Todo lo que es pensamiento está infravalorado. En Guatemala tener un poco de autoestima es ser una vedette.

Por lo que dice, no le gustan los críticos, pero usted mismo ejerce la crítica literaria.

La gente que hace crítica, salvo algunas excepciones, tiene una visión chata y unidimensional. Ejerce sin conocimiento de causa y con arrogancia. Está a la búsqueda eterna de la segunda venida de Asturias o Cardoza. Es gente que nunca va a escribir sobre los cuentos de Luis Aceituno. No, ellos van a buscar a Thomas Mann. Yo pienso que es blanqueamiento cultural y desdén hacia lo local. Esa idealización de la alta cultura me hace gracia, cuando nosotros venimos de una educación mediocre. A mí no me criaron escuchando arias. Mis referentes son el rock y la televisión.

En qué está trabajando?

Acabo de terminar una novela que se llama Días amarillos. Es la historia de un escritor que, para sobrevivir, tiene que hacer noticias chuscas y malolientes en un periódico. De esas de “aserrucharon a no sé quién” o “dejaron a una mujer hecha cebiche dentro de un tonel”, y otras noticias fantásticas, como una que me encontré en un periódico sobre una banda de perros homosexuales que anda violando perros rottweiler.

A diferencia de ese personaje, a usted le va razonablemente bien.

Yo no nací becado. Me encantaría ser Tom Wolfe, vivir en la Quinta Avenida, vestirme de blanco, pero no lo soy. Yo no estudié en Yale, ni tengo agente literario, ni siquiera puedo salir de la capital por la plata. Vengo de un sector popular y escribo por pura necedad. Si hiciera caso al ninguneo nacional, ya habría dejado de escribir.

¿No cree que a veces los escritores jóvenes están sobrevalorados?

Todo lo que es pensamiento está infravalorado. En Guatemala tener un poco de autoestima es ser una vedette.

 “Soy un escritor de karaoke”
No consigue limitarse a una sola forma de expresión, por eso ha incursionado en la literatura, el arte conceptual y la promoción cultural.

Es mejor hacer una novela breve, así no les quitas mucho tiempo a tus amigos”, dice,  sentado a la mesa de un café de la zona 1, mientras da un sorbo a su taza. Afuera, el paso de un avión enmudece por un momento sus palabras. Los labios de Javier Payeras continúan moviéndose, pero más allá del rugido del motor sólo se distingue el ruido de fondo de las bocinas de las camionetas. A medida que la aeronave se aleja, recupera la voz “…lo más grande que te da la escritura es el contacto humano”.

Parece un hombre tranquilo, y casi ausente, al menos hasta que algo del mosaico urbano que lo rodea capta su atención. Sin embargo, su currículo revela que es más inquieto de lo que parece. Payeras se presenta como gestor cultural, crítico literario y autor de cuatro libros impresos. “Me precio de ser un buen lector”, continúa, quizá porque —como le oyó decir a Paul Auster, cuando recogió el premio Príncipe de Asturias— “necesitamos tanto de historias como de comida”.

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